Molière
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Por María Gabriela García
Jean Baptiste Poquelin, conocido como Molière, nació en París en 1622. Desde muy niño tuvo afición por el teatro y a los 20 años formó una compañía, que tuvo vida efímera. En 1658 y después de un período de giras por Francia, inició su carrera de autor, actor y director, una actividad que se prolongó hasta su muerte en 1673. Su obra redundó en la aguda crítica a las ridiculeces y vicios de sus contemporáneos, revestida de sátira y humor. Molière vivió bajo la dominación de Luis XIV, conocido como el Rey Sol, que habitaba en la pompa del palacio de Versalles, rodeado de una aristocracia obsecuente. El grupo de cortesanas y nobles que acompañaba al monarca, aborrecía profundamente la presencia de ese hijo y nieto de tapiceros, devenido actor. Sus obras los sumergían en el más hilarante grotesco. Sin embargo, todo el odio que le profesaban, poco podía influir en su rey, que aplaudía gustoso al descarado comediante y sugería escenas para futuras piezas. La popularidad de Molière fue creciendo con el correr de los años y de las injurias, no sin esquivar obstáculos y vivir sinsabores. El inicio de su carrera teatral comenzó con la cárcel por deudas impagas y prosiguió con prohibiciones, polémicas y negación. Sin embargo, su nombre es sinónimo de teatro, atravesando los siglos y convirtiéndose en uno de los autores más reconocidos, capaz de pintar un mundo cómico e hipócrita, integrado por un realismo crítico y social. Entre sus obras se destacan: Las preciosas ridículas, La escuela de las mujeres, Don Juan, El misántropo, El avaro, Tartufo, El burgués gentilhombre, El médico a palos y El enfermo imaginario. La popularidad de Molière fue creciendo con el correr de los años y de las injurias, no sin esquivar obstáculos y vivir sinsabores. En sus personajes confluyen caracteres dispersos entre sus contemporáneos, una observación que surge de la naturaleza, una estética que supone un avance sobre el teatro de su tiempo. Aparecen, entonces, los tipos más peculiares del siglo XVII: la gente de pueblo, inocente y astuta a la vez, los criados dispuestos a intrigar a favor de los jóvenes señores, los burgueses, los pedantes, los enriquecidos, los nobles provincianos, los cortesanos corrompidos o corruptores, dados a la adulación y a la intriga. Por su construcción de personajes, muchos autores catalogaron a Molière como un dramaturgo del carácter. Sus grandes tipos intentan ser universales y eternos y en muchos casos funcionan todavía hoy. Muchos de sus temas han provenido de cuentos medievales españoles e italianos, que tomaron originalidad, a partir de su trabajo y su impronta satírica e irónica. La dinámica teatral que propuso, refleja conflictos en los cuales no importa demasiado la intriga o los incidentes, sino la pugna que experimenta un personaje inmerso en una situación de la vida cotidiana. La dinámica teatral que propuso, refleja conflictos en los cuales importa la pugna que experimenta un personaje inmerso en una situación de la vida cotidiana. Cinco comedias dedicó Molière a ridiculizar y satirizar a los médicos de su tiempo. Una de ellas es El enfermo imaginario, que fue escrita cuando el autor estaba enfermo. Se estrenó el 10 de febrero de 1673. Molière murió ese mismo año, poco después de terminar la cuarta representación de la obra, en el teatro del Palais Royal. En las escenas finales del tercer intermedio, al decir: “juro”, el autor-actor sintió los primeros síntomas del mal que muy pocas horas después , tras un vómito de sangre, acabaría con su vida. En la pieza teatral, se refleja la pedantería del médico Gui Patin, que era contrario de Harvey. Los intermedios tenían música de Charpentier y ballets de Beauchamp. Las desventuras de un hipocondríaco que imagina tener las peores enfermedades, contrastan con el personaje de Antonia, la criada, que exulta salud y ganas de vivir, logrando revestir la obra de observaciones costumbristas. Los inspiradores de los personajes caricaturizados por Molière no lo perdonaron nunca. Se lo acusó de “licencioso e impío”. Pese a la protección real, algunas de sus obras, como por ejemplo Tartufo, fueron prohibidas por el arzobispo de París. Su entierro debió realizarse en secreto, de noche, casi sin ceremonias, en presencia de su mujer y unos pocos amigos. Nadie sabe hoy, donde reposan sus restos. |
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