Por María Gabriela García
Algunas obras de arte tienen la particularidad de hacerse muy conocidas desde su título o desde su autor. ¿Quién no escuchó hablar de Casa de muñecas de Ibsen? En muchas ocasiones la apreciación se realiza desde el franco conocimiento, desde la percepción genuina de la obra en cuestión. Pero otras veces el asunto empieza y termina ahí: en un título y en un nombre.
Hay obras de teatro que fueron representadas y mencionadas en abundancia durante una época y luego durmieron el dulce sueño de los clásicos, ese que se interrumpe de repente y de vez en cuando y que responde a la moda o a la necesidad innegable de volver a tratar ciertos temas.
Revisar la vida y la obra de Henrik Ibsen es algo así como realizar un viaje hacia una zona fría y lejana, para luego recalar en el melancólico aroma del auto-exilio y el desarraigo, tan cercano a nuestra cultura.
La dramaturgia Ibseniana abarca toda la segunda mitad del siglo XIX, comienza en 1849 con Catilina y termina en 1899 con Cuando despertemos de entre los muertos, una obra que anticipaba el final de la existencia del dramaturgo noruego en 1906.
Se suele dividir la obra de Ibsen en tres períodos, definidos como romántico-nacional, naturalista y simbolista. Esta forma de clasificación puede resultar cómoda y nítida a la hora del análisis, pero se ajusta poco a la realidad, que no suele ser ni tan cómoda ni tan nítida, sino todo lo contrario.
Ibsen nació en 1828 en Skien, una pequeña ciudad costera de Noruega. Su padre se dedicaba al comercio de buques, un negocio que marchó bien hasta 1836, año en el cual se produjo la pérdida de toda su fortuna. Ante esa situación el joven Ibsen tuvo que salir a trabajar y lo hizo como aprendiz en una farmacia, durante un período que se extendió entre 1844 y 1850. En ese tiempo tuvo una relación con una compañera de trabajo algunos años mayor que él. Parece que de esa unión informal nació un niño. Ibsen reconoció a su hijo, pero nunca se encargó de él. De hecho pagó una cierta cantidad de dinero, la estipulada por haber concebido fuera del matrimonio, y con eso se desentendió de su descendencia.
Ibsen luchó arduamente para elaborar el idioma literario de su tierra natal. En sus cartas se reflejan los conflictos que tenía con los correctores de pruebas y linotipistas, que trataban de imponerle la ortografía danesa.
Paralelamente a su labor farmacéutica y sobre todo después de los levantamientos de 1848, Ibsen se desempeñó como colaborador de la prensa revolucionaria de la pequeña burguesía noruega.
Era una época de grandes transformaciones, que corría al rápido ritmo de la instauración del capitalismo industrial. En ese momento estudió los movimientos obreros y escribió versos sobre la vida del proletariado, en los que, al igual que en los artículos periodísticos, se advierten elementos satíricos. Al mismo tiempo, criticó a los escritores escandinavos que hacían propaganda en favor de la renuncia a toda tendencia política en la literatura.
Durante ese período se vio arrastrado por las corrientes panescandinavas y dirigió desde sus escritos un llamado a sus compatriotas, incitándolos a que se pusieran en favor de Dinamarca contra las pretensiones de Alemania.
Después de 1850, Ibsen compuso, uno tras otro, dramas sobre temas exclusivamente nacionales e históricos. Sus primeros trabajos revelaron una técnica débil y en muchos casos él mismo negó la autoría de alguna de sus obras.
Datan de esa época La noche de San Juan (1853), La señora Inger de Oestrot (1854), La fiesta de Solhaug (1857), Los guerreros de Heligoland (1858), La comedia del amor (1862) y Los pretendientes al trono (1864).
En sus cartas y artículos periodísticos señaló en más de una oportunidad que la separación del suelo patrio le permitió ver mejor la vida de Noruega y comprenderla con más acierto.
Estas piezas se consideran románticas. Pero al profundizar en ellas se pueden encontrar muchos elementos que no tienen cabida dentro del concepto de romanticismo, tal como se lo postuló en Francia o Alemania. No aparece la especulación mental del romanticismo alemán, ni el pathos o elementos melodramáticos del romanticismo francés. En su lugar asoman rasgos realistas y político-históricos bien definidos, trabajados desde las canciones y leyendas heroicas. La fuente de aquel colorido pasado nacional, que propone Ibsen puede buscarse en la situación política de Noruega, en la lucha que ese país sostuvo contra Dinamarca y más tarde contra Suecia.
Los personajes de las obras de Ibsen son realistas y no románticos. La temática histórica es utilizada con el fin de incitar a la lucha por la independencia de Noruega, por el restablecimiento del poderío perdido, en contraposición con la pasividad de la sociedad contemporánea. La idea era exaltar a esos hombres sumamente activos del pasado, que sostuvieron durante mucho tiempo una lucha enconada y tenaz. Su modalidad típica es la contraposición (antítesis) de un carácter activo y otro pasivo, uno fuerte y otro débil.
Más allá de la negación de su dramaturgia y de sus inseguridades, Ibsen se hizo conocido en su ambiente como un luchador por la independencia nacional de su país y por la creación de un idioma literario noruego.
El problema del lenguaje fue una constante en la obra de Ibsen y para comprender este tema es necesario hacer un poco de historia. Recién en 1885 el noruego fue reconocido como idioma oficial de la nación. Hasta ese momento, el sojuzgamiento de Noruega en manos de dinamarqueses y suecos hacía que se conservara sólo como lenguaje popular, acotado a la conversación, la poesía antigua, las sagas y las canciones que glorificaban a los héroes nacionales. Mientras tanto el idioma oficial era el danés, una cuestión que sumió a la literatura nacional noruega en un largo letargo.
reconocido como idioma oficial de la nación. Hasta ese momento, el sojuzgamiento de Noruega en manos de dinamarqueses y suecos hacía que se conservara sólo como lenguaje popular, acotado a la conversación, la poesía antigua, las sagas y las canciones que glorificaban a los héroes nacionales. Mientras tanto el idioma oficial era el danés, una cuestión que sumió a la literatura nacional noruega en un largo letargo.
Ibsen luchó arduamente para elaborar el idioma literario de su tierra natal. En sus cartas se reflejan los conflictos que tenía con los correctores de pruebas y linotipistas, que trataban de imponerle la ortografía danesa.
A esa altura su figura era prestigiada en los círculos de intelectuales del momento, cuestión que le permitió recibir la invitación de ocupar el cargo de dramaturgo y reggisseur del recién inaugurado Teatro Nacional Noruego en Bergen. Trabajó en esa ciudad hasta 1857 y luego se trasladó a Cristianía (actual Oslo), donde dirigió también, el Teatro Nacional Noruego, desde 1858 hasta 1862.
En 1864 Dinamarca perdió una provincia en manos de Alemania, tras un conflicto armado. Ibsen se desilusionó profundamente y renunció a la idea de panescandinavismo que había sostenido hasta ese entonces. Con gran amargura reflexionó sobre la actividad contemplativa asumida por sus compatriotas noruegos y suecos, con respecto al triunfo de los alemanes sobre los daneses. Ibsen condenó ese carácter acomodaticio, esa satisfacción de sí mismo característica del panescandinavismo reaccionario.
Revisar la vida y la obra de Henrik Ibsen es algo así como realizar un viaje hacia una zona fría y lejana, para luego recalar en el melancólico aroma del auto-exilio y el desarraigo, tan cercano a nuestra cultura. En ese tiempo, ya casado con una mujer que lo apoyaba en su carrera, hija de una de las personalidades femeninas más destacadas en los círculos intelectuales noruegos de aquel entonces, abandonó su tierra natal y se radicó primeramente en Italia, para luego instalarse en Alemania. Si bien volvió pocas veces y por reducido tiempo a Noruega, mantuvo vivos los vínculos con su país, interesándose por todo lo que sucedía en su patria.
Ese largo período de ostracismo voluntario resultó sumamente productivo para Ibsen, en el sentido de su creación. En sus cartas y artículos periodísticos señaló en más de una oportunidad que la separación del suelo patrio le permitió ver mejor la vida de Noruega y comprenderla con más acierto.
Ya fuera de Noruega y habiendo sido padre nuevamente, Ibsen pasa a otra temática. Ya no le atrae la comparación de la sociedad actual con los hombres del pasado, sino el análisis del sujeto contemporáneo y de las actuales relaciones sociales. Según su percepción, la sociedad de su tiempo, se le presenta como un “mundo de engaños y mentiras”, originado por el empequeñecimiento espiritual de los hombres.
En ese entonces comenzó un período intermedio, de balance del pasado y de intento de solucionar una cuestión importante: saber cómo habría de ser la personalidad humana. Esa idea aparece en Brand (1866) y Peer Gynt (1867). Algunos identifican esta fase, como el momento filosófico de Ibsen.
Las obras aparecidas en el lapso comprendido entre 1877 y 1882, en especial Los pilares de la sociedad y Casa de muñecas, Espectros y Un enemigo del pueblo, le crearon fama de dramaturgo naturalista, teniendo en cuenta la importancia que Ibsen le otorgó al medio y a la herencia, elementos que son característicos de ese tipo de literatura.
Pero al introducirse en esas piezas se puede observar que en la dramaturgia de este autor no se cumple la exigencia fundamental de la orientación naturalista, eso de hacer ver objetivamente “un trozo de la realidad”, con sus más pequeños detalles.
Por el contrario, es característica en Ibsen la posición constantemente crítica con respecto a la realidad burguesa que pinta. En sus dramas nos ofrece amplias generalizaciones, al mostrar la formación de la nueva sociedad noruega que se va estratificando dentro de las condiciones del capitalismo de desarrollo sumamente rápido. Lo que a él le interesa no son los detalles, sino los problemas y los amplios panoramas sociales, exteriorizando una fuerte protesta contra la realidad burguesa.
Además el lenguaje de Ibsen es siempre literario, libre de provincialismos y vulgarismos, mientras que los naturalistas usaban a menudo en sus dramas, formas del idioma que distaban mucho de su pureza.
Las producciones del tercer período son clasificadas como simbolistas, obras en las cuales las palabras son únicamente señales, símbolos de la profunda vida interior de los hombres, que no es expresable mediante términos lingüísticos. Pero en la obra de Ibsen brilla el diálogo realista, uno de sus mayores aportes al teatro moderno occidental.
No hay motivos expresos para delimitar estrictamente los tres períodos de la obra de Ibsen: en su lugar podemos hablar de transformaciones y demarcaciones lábiles.
Hacia el final de su vida, muchas cosas se le fueron haciendo incomprensibles. Con el desarrollo del capitalismo en Noruega, se intensificó el antagonismo entre el mundo burgués y el proletario. Su posición con respecto a las masas obreras noruegas no se destacó con nitidez.
Aunque desde el discurso Ibsen concebía al proletariado como el principio sano de la futura sociedad, no estuvo en condiciones de romper con su medio, no pudo orientarse claramente en el laberinto de contradicciones sociales del último cuarto de siglo XIX.
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